Olman Martínez

Olman Martínez

Director de la Universidad de las Ventas.

Como ya es de nuestro conocimiento que la globalización, la tecnología y el conocimiento han hecho que la fuente laboral se reduzca en forma sorprendente, ahora las empresas para contratar su personal necesitan evaluar el talento, la creatividad y la actitud que poseen los candidatos para así alguno de ellos con estas características va a ser el favorecido de llevarse el puesto, pero la forma como das a conocer estas fortalezas a tu potencial cliente (Empresario) es por medio de tu propia publicidad “El currículo vitae”.

Los procesos de cambio que ha ocurrido en las empresas, han hecho que se cambien los sistemas de contratación laboral, los antiguos sistemas que se utilizaban ya no funcionan, ya no están en las empresas, ya los desecharon, ahora utilizan nuevos métodos de selección y nuevos sistemas de evaluación. Pero aquí va la pregunta ¿Qué sistemas hemos cambiado nosotros para poder ingresar al mercado laboral?, pues nada absolutamente nada, usamos el mismo currículo, el mismo modelo y el mismo estilo de redacción.

Nuestro molde mental esta adaptado a la rutina de siempre, a que si tenemos una oferta laboral empezamos a redactar un currículo carente de valor, energía, entusiasmo y de algo que nos lleva siempre a la perdida de oportunidad laboral, el impacto. ¿Hasta cuando vamos a cambiar?.

El impacto que causa un currículo en el momento que está en acción, es de acuerdo como este elaborado, su potencia puede hacer cambiar los planes de selección de cualquier gerente o reclutador en cuestión de minutos, atacando en forma sorprendente sus emociones frágiles y cansados de buscar talentos creativos que sean capaces de ser diferentes a la hora de estar en el campo comercial.

No dejemos que otros nos roben el espacio laboral, no dejemos que nuestras teclas mentales creativos se oxiden y quedemos atrapados en la rutina de siempre que no hay trabajo, mientras que otros utilizan sus armas creativas de publicidad y disparan al blanco emocional de los reclutadores cautivando su atención y su confianza formando parte inmediatamente del sistema corporativo de su empresa.


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Desayuno Nacional de la Oración

 

Jueves, Febrero 5, 2009

Washington, DC

Buenos días. Quiero agradecer a los organizadores de este desayuno, los Representantes Heath Shuler y Vernon Ehlers. También quisiera agradecer a Tony Blair por venir hoy, así como a nuestro Vicepresidente, Joe Biden, a miembros de mi Gabinete,  miembros del Congreso, clérigos, amigos y dignatarios de diversas partes del mundo.

Michelle y Yo nos sentimos honrados al compartir con ustedes nuestra plegaria de esta mañana. Sé que este desayuno tiene una larga historia en Washington, y como la fe ha sido siempre una fuerza orientadora en nuestra vida familiar, nos sentimos como en casa, y esperamos mantener esta tradición activa durante el tiempo en que estemos aquí.

Es una tradición que según me han dicho, comenzó en la ciudad de Seattle. Transcurría el momento culminante de la Gran Depresión, y la mayoría de la gente se encontraba sin trabajo. Muchos cayeron en la pobreza. Algunos lo perdieron todo.

Los líderes de cierta comunidad hicieron todo lo posible por aquellos que estaban sufriendo en aquel lugar. Y luego decidieron hacer algo más: comenzaron a rezar. Independientemente de cual fuera la parcialidad o afiliación religiosa a la que perteneciera cada uno. Simplemente se reunieron una mañana como hermanos y hermanas para compartir una comida y para hablar con Dios.

Esos desayunos rápidamente se diseminaron por todo Seattle, y luego por distintas ciudades y pueblos a través de América, hasta llegar a Washington. Y poco tiempo después que el Presidente Eisenhower pidiera a un grupo de Senadores si podían acompañarlo en su desayuno de oración, se convirtieron en un evento nacional. En el momento actual, al ver aquí presidentes y dignatarios de todas partes del mundo, se me hace evidente que esta es una de las raras ocasiones que aún es capaz de reunir a gran parte del mundo en un momento de paz y buena voluntad.

Cuento esta historia porque con demasiada frecuencia hemos visto que se utiliza la fe como herramienta para dividir a unos de otros; como una excusa para el prejuicio y la intolerancia. Se han emprendido guerras. Se han ejecutado inocentes. A lo largo de los siglos, religiones enteras han sido perseguidas, siempre en el nombre de lo que se cree correcto.

Sin duda la misma naturaleza de la fe muestra que nuestras creencias nunca serán iguales. Leemos diferentes libros. Seguimos diferentes mandatos. Estamos suscriptos a diferentes relatos acerca de cómo fue que llegamos aquí, y adonde iremos luego, - y algunos no profesan absolutamente fe alguna.

Pero independientemente de aquello en que elijamos creer, recordemos que no existe ninguna religión cuyo credo central sea el odio. No existe Dios que consienta la eliminación de seres humanos inocentes. Esto lo sabemos muy bien.

Sabemos también que a pesar de nuestras diferencias, hay una ley que vincula a las grandes religiones. Jesús nos dijo “ama a tu prójimo como a ti mismo”. La Torah ordena: “aquello que sea malo para ti, no lo hagas a tus semejantes”. En el Islam, hay una enseñanza que afirma: “ninguno cree realmente hasta que desea para su hermano lo mismo que desea para si”. Y lo mismo vale para los Budistas, los Hinduistas, los seguidores de Confucio y para los humanistas. Es, por supuesto, la Regla de Oro – la propuesta que nos invita a amarnos, a entendernos, a tratar con dignidad y respeto a todos aquellos con quienes compartimos un breve momento en esta tierra.

Es una regla antigua, una regla simple, pero también uno de los mayores desafíos. Porque pide de cada uno de nosotros que tomemos responsabilidad por el bienestar de gente que tal vez no conocemos ni admiramos y con quienes tal vez no coincidimos en todo. A veces, nos pide que nos reconciliemos con acérrimos enemigos, o que resolvamos viejas disputas. Y eso requiere una fe activa, vital, y fervorosa. Requiere no sólo que creamos, sino que actuemos – para dar algo de nosotros para beneficio de otros y la construcción de un mundo mejor.

De este modo, la fe particular que nos motiva puede promover un bien mayor para todos. En lugar de separarnos, nuestras variadas creencias pueden unirnos en la intención de alimentar al hambriento y confortar al afligido; en la intención de llevar paz donde hay conflicto y reconstruir lo que ha sido roto; para levantar a aquellos que han caído en un tiempo de dificultad. Esta no es sólo nuestra obligación como personas de fe, sino también como ciudadanos de América, y será el propósito de la Oficina de la Casa Blanca para Asociaciones Religiosas y Vecinales, que anunciaré más adelante en el día de hoy.

El objetivo de esta oficina no será otorgar beneficios a favor de un grupo religioso sobre otros – ni tampoco el beneficio de grupos religiosos sobre aquellos que no lo son. Será simplemente el de facilitar el trabajo de aquellas organizaciones que trabajan para el beneficio de nuestras comunidades, y hacer eso sin borrar la línea que nuestros fundadores sabiamente trazaron entre iglesia y estado. Este trabajo es importante, porque ya se trate de un grupo que asesora a familias amenazadas por el desalojo, o de grupos de fe que proveen capacitación laboral a quienes están desempleados, pocos se encuentran tan cerca de lo que ocurre en las calles y vecindarios que estas organizaciones. La gente confía en ellas. Las comunidades creen en ellas. Y nosotros las vamos a ayudar.

Trataremos también de alcanzar a líderes y estudiantes en todo el mundo para cultivar un diálogo pacífico y productivo en torno al tema de la fe. No espero que las diferencias desaparezcan de la noche a la mañana, ni tampoco creo que las antiguas perspectivas y los conflictos vayan a evaporarse repentinamente. Pero sí creo que si podemos hablar con el otro abierta y honestamente, tal vez las viejas grietas comenzarán a ser reparadas, y nuevas sociedades comenzarán a emerger. En un mundo que se hace más pequeño cada día, tal vez podamos ir dejando afuera a las destructivas fuerzas del fanatismo, haciendo lugar para el sano poder del mutuo entendimiento.

Esta es mi esperanza. Esta es mi plegaria.

Creo que este beneficio es posible porque mi fe me dice que todo es posible, pero también creo en base a lo que he visto y he vivido.

No me crié en una casa particularmente religiosa. Tuve un padre que nació Musulmán pero se volvió ateo, abuelos Metodistas y Bautistas no practicantes, y una madre que no creía en la religión organizada, a pesar de ser la más bondadosa y espiritual persona que jamás he conocido. De niño ella me enseño a amar y a comprender, y a tratar a otros como quisiera que me trataran a mí.

No me convertí en cristiano sino muchos años después, cuando me trasladé a la Zona Sur de Chicago luego de la secundaria. No fue por adoctrinamiento ni por una súbita revelación, sino porque pasé mes tras mes trabajando con gente de la iglesia que simplemente quería ayudar a los vecinos que estaban pasando por un mal momento – sin tomar en cuenta qué aspecto tenían, o de dónde venían, o a quién dirigían sus oraciones. Fue en esas calles, en esos vecindarios, donde por primera vez sentí el espíritu de Dios llamándome. Fue allí donde me sentí llamado para un propósito superior – Su propósito.

En diferentes caminos y de diferentes formas, es ese espíritu y esa sensación de propósito lo que guió a los amigos y vecinos de aquel primer desayuno de oración en Seattle, hace tanto tiempo, en otro período de prueba para nuestra nación. Es lo guía a amigos y vecinos de tantas naciones y confesiones hacia aquí el día de hoy. Venimos a compartir el pan y a dar gracias y a buscar orientación, pero también a fortalecer nuestra dedicación a la misión de amor y servicio que yace en el corazón de toda la humanidad. Como San Agustín dijo una vez: “Reza como si todo dependiera de Dios. Trabaja como si todo dependiera de ti”.

Así que recemos juntos esta mañana de Febrero, pero trabajemos juntos también todos los días y meses que tenemos por delante. Porque es sólo a través de la lucha y el esfuerzo común como hermanas y hermanos, que cumpliremos nuestros mayores destinos como criaturas amadas de Dios. Les pido que se unan a mi en ese esfuerzo, y también les pido que recen por mi, por mi familia, y por la continua perfección de nuestra unión.

Gracias.

Cicerón, destacado político romano, fue un gran orador de su época y uno de los mejores de toda la Historia. En la historia reciente se destaca Winston Churchill, quien, tres días después de jurar al cargo de Primer Ministro y ante la oleada implacable de ejércitos contrarios, ofrece lo único que tiene: “Sangre, sudor, y lágrimas”. Con su oratoria, fortaleció a su pueblo y lo llevó de la debacle hasta la victoria.

Desde el primer día en que lo vi (mejor dicho, lo escuché), ¡Barack Obama me conmovió! En solo cuatro años pasó de ciudadano común a Senador y sin volver a ver atrás se fue directo a la presidencia del país más poderoso del mundo.

La habilidad clásica de Obama como orador ha sido uno de los factores más importantes de su victoria. Todos los que lo han escuchado, lo clasifican en un lugar aparte con respecto a sus rivales. Los discursos de Obama arrasan entre la audiencia. Los mejores se erigen como magníficas creaciones literarias, elegantes, con un estilo que evoca frases de Lincoln y de King.

La buena retórica. La clave ha estado en su preparación. En esa etapa previa piensa en qué quiere decir, qué ideales formular, qué objetivos alcanzar y qué críticas lanzar al oponente. La clara idea de que el país iba a la deriva, sumido en la crisis, personifica al líder que mantiene unidos a los ciudadanos como motor de cambio y transformación. Todos sus discursos llevan las tres buenas prácticas de la buena retórica: la emoción, el razonamiento y la personalidad.

Uno de los recursos más eficaces es su empleo de la expresión: “un joven predicador de Georgia”. En ningún momento cita por su nombre a M. L King. La palabra con la que se denomina esta técnica es antonomasia, y con ella logró la empatía del auditorio. Esto se traduce como la halagadora idea de que todos sabemos de lo que estamos hablando sin necesidad de mayores explicaciones.

Otro de sus recursos preferidos son las anáforas y su empleo simétrico. Una anáfora es la repetición de palabras en el comienzo de las oraciones: “Es la respuesta dada por las colas que se han formado en torno a las escuelas. Es la respuesta dada por jóvenes y viejos. Es la respuesta”. También lo emplea, al final de la oración, como su celebrado y repetido “Yes, we can!”

Este extraordinario orador y hombre de ideas claras y simples, hoy ha retado a los 34.750 promotores registrados del lobby o intereses especiales en Washington. Obama acaba de dirigirse ante ambas Cámaras casi sin esfuerzo, sin faltas, motivado, apasionado y sincero. ¿Cuántas veces situaciones difíciles de un país sacan lo mejor de un líder? ¡Nuestra Costa Rica necesita un líder de este estilo!: que hable claramente y que inspire a los ciudadanos a aspirar a lo mejor, a grandes metas, y a forjar el destino del país; uno que con su liderazgo catapulte los cambios que necesitamos y que ciertos intereses personales están frenando; un líder nuevo, que surja como Obama, el mejor orador del mundo.


LA NACION – 08 MARZO 2009
FRASER PIRIE

De acuerdo con los especialistas en comportamiento humano, aunque apenas estamos empezando el año ya la inmensa mayoría de nosotros dejamos botados los muchos y muy nobles propósitos de mejora que nos impusimos el 31 de diciembre y solo una de cada diez personas será capaz de alcanzar las metas que se propuso.

Siendo así de cruda la realidad, a los otros nueve nos quedan dos opciones: tomar el camino fácil que implica encogernos de hombros, decirnos que mal de muchos consuelo de… y dar vuelta a la página para intentar el próximo fin de año aferrarnos con un poco más de empeño a nuevos propósitos (o a los mismos, pero de verdad) o adoptar la segunda vía: entender que el calendario es un convencionalismo que se nos presenta como una buena oportunidad para terminar y empezar asuntos, proyectos, relaciones, etc., pero que en realidad cualquier momento es bueno para encontrar mayores niveles de realización y plenitud.

Hoy día, algunos están convencidos de que la clave está en “El Secreto”, pero también hay muchas otras corrientes que dicen tener la clave de la felicidad. Los neurólogos dicen que el asunto es tan sencillo como aprender a ejercitar el cerebro de la misma manera que se ejercitan otros músculos del cuerpo: con constancia y disciplina. Dicen que si usted se centra en asuntos positivos (pensar bien sobre los demás, confiar en usted mismo, ser un optimista empedernido) el córtex izquierdo de su cerebro le proporcionará emociones placenteras; es decir, felicidad.

Si por el contrario, usted sigue empeñado en verle el lado oscuro a la vida, alimentando pensamientos negativos, el lado derecho de su cerebro generará ansiedad, envidia y hostilidad y usted pasará a engrosar las filas de los depresivos; los de la enfermedad del siglo.

Los expertos dicen que esto se llama plasticidad de la mente y la describen como la capacidad humana de modificar el cerebro por medio de los pensamientos que elegimos. Para probarlo hicieron muchísimas pruebas a un grupo de voluntarios y lograron constatar que el mayor grado de felicidad de un ser humano no tiene nada que ver con sus posesiones, su posición social, sus “éxitos” ni nada de lo que nosotros creemos que puede proporcionar felicidad. Y por ello, el hombre “más feliz del mundo” es un francés llamado Matthieu Richard que se convirtió al budismo, que vive en una celda de dos por dos en el Himalaya, que no tiene carro, ni celular y ni siquiera relaciones sexuales desde hace más de 30 años. Pero tampoco tiene sentimientos de coraje o de frustración, ni padece de estrés y por el contrario, es la persona que tiene los más elevados niveles de satisfacción y plenitud existencial.

Según su libro “En defensa de la felicidad” la cosa no es como ver la vida color de rosa. No podemos evitar las experiencias de la vida, pero podemos escoger asimilarlas o padecerlas. Es como hacer ejercicios todos los días para - sabiendo que somos responsables de nuestra propia felicidad - convirtamos nuestra existencia en una constante de motivación y positivismo. Por supuesto, es un asunto del espíritu de cada quien. Y como ven, no necesita de fecha en el calendario.


 
 

La República
Miércoles 16 de Enero, 2008
Vilma Ibarra

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