Miopía contable

Por Leonardo Garnier
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Usted es el dueño de una empresa mediana que, aunque funciona, está en problemas. Deja ganancias, pero no son suficientes para pagar las deudas, y esto obliga a pedir un poco de plata prestada para poder aguantar el año. Cada año que pasa, las deudas son mayores. Con el tiempo, las cosas se irán poniendo más difíciles hasta que llegue el momento de confrontar la verdad: cuando ya nadie le preste para llenar el hueco la empresa, tendrá que declararse en quiebra, vender sus activos, pagar lo que pueda pagar de sus deudas y, claro, despedir a sus empleados. La conclusión es obvia: hay que recortar gastos y aumentar ingresos. Mejorando la administración, haciendo que la gente trabaje más, eliminando ciertos desperdicios, tensando la organización., el gerente logra elevar un poco los ingresos y reducir otro poco los gastos. La situación mejora, pero no lo suficiente. La competencia es dura, y estos pequeños ajustes apenas estabilizan un poco las cosas, pero la empresa sigue en peligro. No hay mucho margen para resolver el problema sin ajustes más radicales.

Una opción -sugiere el ingeniero jefe- sería renovar la planta: con nuevos equipos y algún personal más calificado podríamos mejorar el producto, diversificar, entrar a nuevos mercados, aumentar las ventas y los ingresos. ¡Imposible! -reclama airado el contador-. Uno no puede endeudarse más en estas condiciones. ¿No ve que tenemos un déficit financiero? Por supuesto, pero ese aumento del déficit sería solo temporal -contraataca el ingeniero mostrando sus proyecciones-; una inversión así se paga sola porque genera mucho más ingresos que lo que nos costaría el préstamo para financiarla: en menos de diez años habríamos salido del hueco. No, no, no -reta el contador-; uno no se endeuda cuando tiene déficit.

Usted, cauteloso, decide confiarle la suerte de la empresa al contador, que ataca el problema financiero de frente: recortando gastos. Recorta salarios y beneficios al personal, cierra departamentos y despide a algunas personas; suspende la compra de equipo y pospone un poco los gastos de mantenimiento tratando de sacarle el jugo a la maquinaria existente. Al principio, la cosa funciona: los gastos se reducen más que los ingresos, la deuda disminuye, los números dejan de estar en rojo. Usted se siente aliviado, pero, con el tiempo, la jarana sale a la cara: la empresa pierde a algunos de sus mejores técnicos; las máquinas, descuidadas o mal reparadas, fallan con frecuencia; la competencia sigue progresando y ofreciendo mejores productos a menor precio. El nivel de gasto es menor, sí, pero, al caer las ventas y los ingresos, la empresa tiene que seguir endeudándose. o recortando más y más. Al final, muere por inanición.

¿Quiere decir esto que cualquier recorte está mal y cualquier inversión o cualquier endeudamiento está bien? No, obviamente no (ni en la empresa ni en el país); pero aducir mal entendidas razones contables para frenar inversiones cuando sabemos que producirían más riqueza que lo que cuesta financiarlas..., eso es no entender ni pizca de costos de oportunidad. Renunciar a mayores ingresos por ahorrarse la inversión no solo es mala economía: ¡es miopía contable!



Artículo publicado por el autor, Dr. Leonardo Garnier, en el periódico La Nación, de Costa Rica, en febrero del 2005. Reproducido en U-Ventas por permiso expreso del autor. Visite la página web de Leonardo Garnier y lea más artículos de su serie Sub-Versiones: www.leonardogarnier.com

Olman Martínez

Director de la Universidad de las Ventas.

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